martes, 6 de octubre de 2026

la lentitud de la cercanía

El zorro se calló y miró un buen rato al principito: —Por favor... domestícame le dijo. Bien quisiera le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas. Sólo se conocen bien las cosas que se domestican dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame! 

¿Qué debo hacer? —preguntó el principito. Debes tener mucha paciencia respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca... 

El principito volvió al día siguiente. Hubiera sido mejor —dijo el zorro— que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

El Principito - Antoine de Saint Exupéry






martes, 29 de septiembre de 2026

la fuerza de las cosas menudas

 

“La debilidad de las mujeres, como la de los esclavos, depende de su condición legal, su fuerza se desquita en las cosas menudas donde el poder que ejercen es casi ilimitado.  Raras veces he visto casas donde no reinaran las mujeres; con frecuencia he visto también reinar al intendente, al cocinero o al liberto.  En el orden financiero, siguen legalmente sometidas a una forma cualquiera de tutela, pero en la práctica, en cada tienda de la Suburra la vendedora de aves o la frutera es la que casi siempre manda en el mostrador.  La esposa de Atiano administraba los bienes familiares con admirable capacidad de hombre de negocios.  Las leyes deberían diferir lo menos posible de los usos; he acordado a la mujer una creciente libertad para administrar su fortuna, testar y heredar.  Insistí para que ninguna doncella sea casada sin su consentimiento:  la violación legal es tan repugnante como cualquier otra.  El matrimonio es la cuestión más importante de la vida:  justo es que la resuelvan según su voluntad.

Por lo demás los cambios, reales o supuestos, no han modificado en nada la eterna licencia de las costumbres de las clases inferiores o la eterna mojigatería burguesa, y sólo el tiempo mostrará si son perdurables.”

Memorias de Adriano – Marguerite Yourcenar

 


sábado, 26 de septiembre de 2026

un espacio de lujo y seducción

 

“Subió con Odette al coche de ella y dijo a Rémi que les siguiese.

Odette llevaba en la mano un ramo de catleyas, y Swann advirtió que bajo el pañuelo de encajes que le cubría la cabeza tenía en los cabellos flores de aquella misma orquídea atadas a un airón de plumas de cisne.  Aparte de aquella especie de mantilla llevaba un vestido de terciopelo negro que en la parte inferior se interrumpía en un jirón oblicuo dejando ver a manera de un triángulo los bajos de una falda de falla blanca, y que dejaba asomar un pedazo también de falla blanca en el pico del descotado corpiño, en el que se clavaban las flores de catleya. Apenas Odette se había repuesto del susto que le había dado Swann, cuando un obstáculo hizo que el caballo transmitiera al coche una brusca sacudida.  Ambos fueron fuertemente zarandeados y ella prorrumpió en un grito, quedándose muy agitada y sin aliento. 

-No es nada -le dijo él-, no tenga miedo.

La sujetaba por el hombro apoyándola contra su cuerpo para sostenerla; luego le dijo:

-Sobre todo no diga nada, contésteme solamente por señas, no sea que vuelva a quedarse sin aliento. ¿No le importa que le enderece las flores del corpiño que se le han movido con la sacudida?  Tengo miedo de que las pierda, quisiera asegurarlas un poco.

Odette, que no tenía costumbre de que los hombres tuvieran tantos miramientos con ella, dijo sonriendo:

-No, en absoluto, no me molesta.

Un amor de Swann – Marcel Proust