“En el crepúsculo de las nueve de la noche, cuando
cruzaba la calle hacia el edificio de la academia, había una luz encendida en
la casa de artículos ortopédicos. Me
asombré de ver una persona de carne y hueso en el escaparate, de unos treinta años,
que llevaba un vestido de color verde, amarillo, azulado. Le estaba cambiando el braguero al maniquí de
madera.
Cuando llegué frente al escaparate, acababa de quitarle
el braguero anterior, lo tenía debajo del brazo izquierdo (me presentaba su
perfil derecho) y le estaba colocando el nuevo.
Me detuve a contemplarla, fascinado, hasta que de repente la chica
sintió, y después vio, que alguien la miraba.
Le sonreí inmediatamente -como para demostrarle que la figura vestida de
esmoquin que estaba del otro lado del vidrio no le era hostil-, pero no me dio resultado. La turbación de la chica era
extraordinaria. Se sonrojó, dejó caer el
braguero viejo, dio un paso hacia atrás, pisó un montón de irrigadores y perdió
el equilibrio. Instintivamente hice un ademán de tenderle la mano, golpeándome
los nudillos contra el vidrio. La chica
aterrizó pesadamente sobre sus posaderas, como una patinadora. Enseguida se incorporó sin mirarme. Con el rostro aún sonrojado, se alisó el pelo
con una mano y continuó atando los cordones del braguero. Fue precisamente en ese momento cuando tuve
mi Experiencia. De pronto (y creo que
digo esto con toda la lucidez necesaria) salió el sol y se precipitó sobre mi
nariz a una velocidad de setenta y tres millones de kilómetros por
segundo. Cegado y lleno de terror, tuve
que apoyar una mano en el vidrio para no caerme. La cosa duró sólo unos segundos. Cuando recuperé la visión, la chica había
desaparecido del escaparate, dejando detrás de sí un campo resplandeciente de
exquisitas flores esmaltadas.”
9 Cuentos – J.D. Salinger


