“Miraba desoladamente a su alrededor, mientras un vago
halo, procedente del cielo por el que corrían unas nubes blancas, impregnaba poco
a poco la oscuridad.
Lo único que podía hacer era irse a dormir. Se acostó completamente vestido sobre el
diván y se sobresaltó cuando le alcanzó un rayo de luna. ¿Había llegado a adormecerse? No lo sabía.
Se precipitó hacia la ventana.
Buscó con los ojos la ventana de enfrente, y al principio vio un punto
brillante, la brasa de un cigarrillo, luego la manga de una camisa, un brazo
doblado, la cabeza de un hombre, y, muy cerca, la mujer que había dejado caer
sus cabellos sobre los hombros.
La claridad de la luna se infiltraba hasta la misma
sombra de detrás de la pareja. Adil Bey
adivinó el rectángulo blanco de una cama.
“Me están viendo”, pensó. “Es imposible que no me vean”
A modo de bravata, pegó su cara al cristal, sin detenerse
a pensar si su nariz aplastada contra él resultaba amenazadora o cómica.”
Los vecinos de enfrente – Georges Simenon


