sábado, 31 de octubre de 2026

más allá de la muerte

 

“Ah, qué fácil es desobedecer a un muerto. Si pese a ello, a veces, nos sometemos a su voluntad, no es por temor, por obligación, es porque le queremos y nos negamos a creer que está muerto.  Si un viejo campesino en su agonía, le ha rogado a su hijo que no tire abajo el viejo peral que hay delante de la ventana, el peral no será abatido mientras el hijo recuerde con amor a su padre.

Poco tiene que ver esto con una fe religiosa en la vida eterna del alma.  Simplemente un muerto a quien quiero jamás será muerto para mí.  No puedo siquiera decir:  le he querido; no, le quiero.  Y si me niego a hablar de mi amor por él en el pasado, eso quiere decir que el que está muerto “está”.  Ahí es donde tal vez se encuentre la dimensión religiosa del hombre.  En efecto, la obediencia a la última voluntad es misteriosa:  supera toda reflexión práctica y racional:  el viejo campesino nunca sabrá, en su tumba, si el peral ha sido o no abatido; sin embargo, para el hijo que le quiere resulta imposible no obedecerle.

Hace mucho tiempo, me emocionó (y me sigue emocionando) la conclusión de la novela de Faulkner, Las palmeras salvajes.  La mujer muere tras un aborto fallido, el hombre es preso, condenado a diez años; le llevan a su celda un comprimido blanco, veneno; pero aleja enseguida la idea del suicidio, ya que la única manera de prolongar la vida de la mujer amada es conservarla en su recuerdo.

“…cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser; y si yo dejara de ser, todo el recuerdo dejaría de ser. Sí” pensó él, “entre la pena y la nada elijo la pena”

Los testamentos traicionados – Milan Kundera



martes, 27 de octubre de 2026

del amor humano, fragancias vespertinas y rayos de sol

 “M. Laruelle se preguntó si llovería;  en ocasiones, aunque pocas veces, ocurría en esta época, como, por ejemplo, el año anterior en que llovió fuera de temporada.  Y aquellos nubarrones en el sur eran de tormenta.  Se imaginó que podía olfatear la lluvia y se le ocurrió que nada le agradaría tanto como mojarse, empaparse hasta la médula, y caminar sin cesar por esta tierra agreste con sus pantalones de franela blanca pegados, cada vez más y más y más mojado.  Contempló las nubes:  oscuros caballos veloces se movían en el cielo ¡Sombría tempestad que se desataba a destiempo! Así ocurría con el amor, pensó; el amor que llega demasiado tarde.  ¡Sólo que a este no seguía la calma, como cuando la fragancia vespertina o el rayo de sol, lento y cálido, vuelven a la tierra sorprendida!  M. Laruelle se alejó apresurando el paso.  Y si tal amor de pronto nos enmudece, nos ciega, nos enloquece o nos mata:  con encontrarle un símil no vamos a cambiar nuestro destino.  Tonerre de dieu! … Describir el amor tardío no apaciguaba sed alguna.

Bajo el volcán – Malcolm Lowry



jueves, 22 de octubre de 2026

confidencias inolvidables

Cuando tenía trece o catorce años, fui a clases de composición musical. No porque fuera un niño prodigio, sino por la púdica delicadeza de mi padre.  Eran tiempos de guerra y un amigo suyo, compositor judío, tuvo que llevar la estrella amarilla; la gente empezó a evitarlo.  Mi padre, sin saber cómo expresarle su solidaridad, tuvo la idea de pedirle, en el momento justo, que me diera clases. A los judíos entonces se les confiscaba el apartamento, y el compositor tenía que cambiar continuamente de alojamiento, que cada vez era más pequeño, para terminar, antes de partir para Terezin, en una pequeña vivienda en la que en cada habitación acampaban, amontonados, muchas personas.  En cada traslado había conservado su pequeño piano, en el que yo tocaba mis ejercicios de armonía o polifonía mientras unos desconocidos a nuestro alrededor se entregaban a sus quehaceres.

De todo aquello sólo me han quedado mi admiración por él y tres o cuatro imágenes.  Sobre todo ésta:  al acompañarme después de la clase, él se detiene cerca de la puerta y me dice de pronto: “Hay muchos pasajes sorprendentemente flojos en Beethoven.  Pero son estos pasajes flojos los que otorgan valor a los pasajes fuertes”.  Es como el césped, sin el cual no podríamos disfrutar del hermoso árbol que crece en él”.

Curiosa idea.  Que se me haya quedado en la memoria es aún más curioso.  Tal vez me haya sentido honrado de poder escuchar una confesión confidencial del maestro, un secreto, un ardid que sólo los iniciados tenían el derecho de conocer.

Sea como fuere, esa corta reflexión de mi maestro de entonces me persiguió toda la vida (la he defendido, terminé por combatirla pero nunca he dudado de su importancia); sin ella, este texto, con toda seguridad, no habría sido escrito.

Pero más que a esta reflexión en sí quiero a la imagen de un hombre que, poco tiempo antes de su viaje atroz, reflexionó, en voz alta, ante un niño, sobre el problema de la composición de la obra de arte.

Los testamentos traicionados - Milan Kundera