viernes, 14 de agosto de 2026

el encanto de lo cotidiano


“Miraba desoladamente a su alrededor, mientras un vago halo, procedente del cielo por el que corrían unas nubes blancas, impregnaba poco a poco la oscuridad.

Lo único que podía hacer era irse a dormir.  Se acostó completamente vestido sobre el diván y se sobresaltó cuando le alcanzó un rayo de luna.  ¿Había llegado a adormecerse?  No lo sabía.  Se precipitó hacia la ventana.  Buscó con los ojos la ventana de enfrente, y al principio vio un punto brillante, la brasa de un cigarrillo, luego la manga de una camisa, un brazo doblado, la cabeza de un hombre, y, muy cerca, la mujer que había dejado caer sus cabellos sobre los hombros.

La claridad de la luna se infiltraba hasta la misma sombra de detrás de la pareja.  Adil Bey adivinó el rectángulo blanco de una cama.  “Me están viendo”, pensó. “Es imposible que no me vean”

A modo de bravata, pegó su cara al cristal, sin detenerse a pensar si su nariz aplastada contra él resultaba amenazadora o cómica.”

Los vecinos de enfrente – Georges Simenon

 




domingo, 9 de agosto de 2026

observando un árbol


"Una vez, desde la ventana de mi clase, descubrí un árbol no muy alto, mecido por la brisa. Al contemplarlo mi corazón empezó a latir con fuerza.  Era un árbol de una belleza asombrosa. Desde el césped se erguía formando un triángulo perfecto, levemente redondeado en los ángulos, con sus múltiples ramas extendidas simétricamente, como un candelabro, sosteniendo el pesado follaje de sus ramas. Bajo esta verde espesura de hojas se vislumbraba un tronco firme y oscuro, como un pedestal de ébano.  Aunque de una perfección exquisita, poseía ese aire de descuidada elegancia que hay en la naturaleza.  El árbol estaba ahí, manteniendo un silencio radiante y sosegado, seguro de ser su propio creador.  Al mismo tiempo, sin embargo, era indudable que se trataba de una “obra”.  Tal vez una obra musical.  Una obra compuesta por un compositor alemán para un repertorio de música de cámara.  Sus notas transmitían un deleite sereno y religioso, tanto que podría decirse que era una pieza de música sagrada rebosante de solemne dignidad y nostalgia, como el diseño de un tapiz real.

Por todo eso, la afinidad entre la forma del árbol y la música no dejaba de poseer cierto significado para mí.  No fue nada extraño, por tanto, que cuando las dos cosas me atacaron con todas sus fuerzas unidas, la emoción indescriptible y misteriosa que sentí estuviera próxima, no al lirismo, sino a esa suerte de lírica embriaguez que produce la conjunción de la religión y la música.”

Confesiones de una máscara – Yukio Mishima



domingo, 26 de julio de 2026

Gracias Albert Camus

 

"La literatura moderna está recargada de locos geniales. No es, pues, de extrañar que cuando un escritor inmensamente dotado, cuyas aptitudes no llegan a la genialidad, surge asumiendo con audacia las responsabilidades de la cordura, y sea aclamado por consideraciones que exceden sus méritos puramente literarios.

Me refiero, naturalmente, a Albert Camus, el marido ideal de las letras contemporáneas. Como contemporáneo tuvo que tratar temas de dementes:  suicidio, carencia de afecto, culpabilidad, terror absoluto. Pero lo hace con un aire de razonabilidad, mesura, fluidez, graciosa impersonalidad, que le sitúa aparte de los otros. Partiendo de las premisas de un nihilismo popular, mueve al lector -con sólo el poder de su voz y su tono sosegados- a sacar conclusiones humanistas y humanitarias que en nada derivan de sus premisas.  Este salto ilógico desde el abismo nihilista es la cualidad que lleva a los lectores a sentirse agradecidos a Camus. Así es como suscitó en sus lectores un sentimiento de verdadero afecto.  Kafka despierta piedad y terror; Joyce, admiración; Proust y Gide, respeto; pero ningún escritor moderno que yo recuerdo, excepto Camus, ha despertado amor. Su muerte en 1960 fue sentida por todos los lectores como una pérdida personal.”

Contra la Interpretación y otros ensayos - Susan Sontag