jueves, 16 de abril de 2026

los absurdos de la vida no necesitan parecer verosímiles

 Yo sonreía Me sonreía ahora de todo, y a todo le sonreía Sonreía a los árboles del campo, que me salían al encuentro con peregrinas actitudes en su fuga ilusoria; a las villas desperdigadas acá y allá, donde me placía imaginarme colonos con las mejillas hinchadas de tanto soplar contra la niebla, enemiga de los olivos, y con los puños alzados al cielo, que no se dignaba enviarles agua; y les sonreía también a las avecinas, que se desbandaban, asustadas de aquel fragoroso monstruo negro que se les venía encima; al vibrar de los hilos telegráficos, por los cuales se transmitían a los periódicos ciertos infundios, como el de mi suicidio en el molino de La Cabaña; a las pobres guardabarreras, que mostraban al paso del tren la banderita enrollada, preñadas y con el sombrero del marido a la cabeza.

Hasta que de pronto hube de reparar en el anillo de casado que llevaba todavía en el anular de la mano Hízome aquello una impresión violentísima; cerré los ojos, me cogí la mano aquella con la otra, tirando a quitarme aquél aro de oro como a hurtadillas.




jueves, 26 de marzo de 2026

caminando se ve el suelo

 "Llegó a casa. Eran las diez, los jueves no cerraba la librería hasta las nueve, algo cansado ya, y a las nueve y media, después de bajar las persianas de los escaparates y de la entrada, volvía en una media hora por el camino que atravesaba el parque, pues, si bien tardaba más que por las calles, después de tantas horas en el trabajo, andar le sentaba bien. El parque no estaba cuidado; al ligustro sin podar, el arriate de rosas cubierto de hiedra; pero olía bien, a rododendros o lilas, a tilo o a ailanto, a hierba cortada o a tierra húmeda. Seguía ese itinerario tanto en verano como en invierno, hiciera el tiempo que hiciese. Cuando llegaba a casa, de la la rabia y las preocupaciones del día ya no quedaba nada."

La nieta - Bernard Schlink 



domingo, 8 de marzo de 2026

entre el Cielo y el suelo

 "Y todo fue culpa de un maldito sueño. He tenido dos: a uno de ellos le llamo el "bendito y al otro el "maldito". El primero fue el que me hizo soñar que había tenido un hijo. Y mientras viví, nunca dejé de creer que fuera cierto; porque lo sentí entre mis brazos, tiernito, lleno de boca, de ojos y de manos; durante mucho tiempo conservé en mis dedos la impresión de sus ojos dormidos y el palpitar de su corazón.

¿ Cómo no iba a pensar que aquello fuera verdad?  Lo llevaba conmigo adondequiera que iba, envuelto en mi rebozo, y de pronto lo perdí. En el Cielo me dijeron que se habían equivocado conmigo. Que me habían dado un corazón de madre, pero un seno de una cualquiera. Ese fue el otro sueño que tuve. Llegué al Cielo y me asomé a ver si entre los ángeles reconocía la cara de mi hijo. Y nada. Todas las caras eran iguales, hechas del mismo molde. Entonces pregunté. Uno de aquellos santos se me acercó y, sin decirme nada, hundió una de sus manos en mi estómago como si la hubiera hundido en un montón de cera. Al sacarla me enseñó algo así como una cáscara de nuez: "Esto prueba lo que te demuestra".

Tú sabes cómo hablan raro allá arriba; pero se les entiende. Les quise decir que aquello era sólo mi estómago engarruñado por las hambres y por el poco comer;  pero otro de aquellos santos me empujó por los hombros y me enseñó la puerta de salida: "Vé a descansar un poco más a la tierra, hija, y procura ser buena para que tu Purgatorio sea menos largo."

Pedro Páramo - Juan Rulfo







fotografía: Dora Maar