viernes, 6 de noviembre de 2026

ver y amar lo cotidiano


 "Si me preguntaran sobre mi escasa afición por los viajes (pero ¿dónde está el viaje?), lo primero que respondería es que los paisajes y los panoramas son la cosa más compartida del mundo, 

que los monumentos no son en última instancia sino postales ampliadas y que un ser humano no se descubre hasta el final de un largo camino. 

Así que ayer, mientras cruzaba Francia en coche, casi se me saltan las lágrimas al ver la puerta de hierro forjado de un jardín pintada de amarillo. 

Tras ella, tres escalones de ladrillo conducían a una pequeña parcela, antesala de un chalet de piedra molar. Todo esto en los alrededores de Lyon."

Las postales de Georges Perec - Georges Perec



martes, 3 de noviembre de 2026

Día de contemplaciones

 

"Dios está en su palacio de cristal. Quiero decir que llueve, Platero. Llueve.

Y las últimas flores que el otoño dejó obstinadamente prendidas a sus ramas exangües, se cargan de diamantes.

En cada diamante, un cielo, un palacio de cristal, un Dios.

Mira esta rosa; tiene dentro otra rosa de agua, y al sacudirla ¿ves?,

se le cae la nueva flor brillante, como su alma, y se queda mustia y triste, igual que la mía.

El agua debe ser tan alegre como el sol. Mira, si no, cuál corren felices, los niños, bajo ella, recios y colorados, al aire las piernas.

Ve cómo los gorriones se entran todos, en bullanguero bando súbito, en la yedra, en la escuela, Platero, como dice Darbón, tu médico.

Llueve. Hoy no vamos al campo. Es día de contemplaciones.

Mira cómo corre las canales del tejado. Mira cómo se limpian las acacias, negras ya y un poco doradas todavía;

cómo torna a navegar por la cuneta el barquito de los niños, parado ayer entre la yerba. Mira ahora, el sol instantáneo y débil,

cuán bello el arco iris que sale de la iglesia y muere, en una vaga irisación, a nuestro lado.

Platero y yo – Juan Ramón Jiménez



sábado, 31 de octubre de 2026

más allá de la muerte

 

“Ah, qué fácil es desobedecer a un muerto. Si pese a ello, a veces, nos sometemos a su voluntad, no es por temor, por obligación, es porque le queremos y nos negamos a creer que está muerto.  Si un viejo campesino en su agonía, le ha rogado a su hijo que no tire abajo el viejo peral que hay delante de la ventana, el peral no será abatido mientras el hijo recuerde con amor a su padre.

Poco tiene que ver esto con una fe religiosa en la vida eterna del alma.  Simplemente un muerto a quien quiero jamás será muerto para mí.  No puedo siquiera decir:  le he querido; no, le quiero.  Y si me niego a hablar de mi amor por él en el pasado, eso quiere decir que el que está muerto “está”.  Ahí es donde tal vez se encuentre la dimensión religiosa del hombre.  En efecto, la obediencia a la última voluntad es misteriosa:  supera toda reflexión práctica y racional:  el viejo campesino nunca sabrá, en su tumba, si el peral ha sido o no abatido; sin embargo, para el hijo que le quiere resulta imposible no obedecerle.

Hace mucho tiempo, me emocionó (y me sigue emocionando) la conclusión de la novela de Faulkner, Las palmeras salvajes.  La mujer muere tras un aborto fallido, el hombre es preso, condenado a diez años; le llevan a su celda un comprimido blanco, veneno; pero aleja enseguida la idea del suicidio, ya que la única manera de prolongar la vida de la mujer amada es conservarla en su recuerdo.

“…cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser; y si yo dejara de ser, todo el recuerdo dejaría de ser. Sí” pensó él, “entre la pena y la nada elijo la pena”

Los testamentos traicionados – Milan Kundera