domingo, 13 de septiembre de 2026

asociaciones populares

“Recordó el incidente que había hecho que Lenin se convirtiera en alguien con identidad propia, el momento en que Estha y ella dejaron de verlo como un simple pliegue del sari de su madre. Estha y ella tenían cinco años, y Lenin unos tres o cuatro.  Se encontraron en la clínica del doctor Verghese Verghese (el pediatra y manoseador de madres más importante de Kottayam).  Rahel estaba con Ammu y Estha (que había insistido en ir con ellas).  Lenin estaba con Kalyani, su madre.  Tanto Rahel como Lenin tenían el mismo problema:  un cuerpo extraño alojado en la nariz.  Ahora parecía una coincidencia extraordinaria, pero en su momento no había tenido nada de insólito.  Era curioso cómo podían encontrarse connotaciones políticas hasta en lo que los niños eligen para meterse en la nariz.  Ella, nieta de un Entomólogo Imperial; él, hijo de un trabajador militante del Partido Comunista.  Ella, una cuenta de cristal, él, un garbanzo verde.”

El dios de las pequeñas cosas- Arundhati Roy

 


lunes, 7 de septiembre de 2026

los caminos del mar

 “Tristeza de sentirme aún tan vulnerable.  Dentro de veinticinco años, tendré cincuenta y siete.  Así que me quedan veinticinco años para hacer mi obra y encontrar lo que busco.  Después la vejez y la muerte.  Yo sé lo que es más importante para mí.  Y aún encuentro la manera de ceder a las pequeñas tentaciones, de perder tiempo en conversaciones vanas o en callejeos estériles.  He dominado dos o tres cosas en mí.  Pero qué lejos estoy de esa superioridad que tanto necesito.

Maravillosa noche en el Atlántico.  Esa hora que va del sol que desaparece a la luna apenas naciente, del oeste aún luminoso al este ya oscuro.  Sí, he amado mucho al mar…esa inmensidad tranquila…esos surcos recubiertos…esos caminos líquidos.  Por primera vez, un horizonte a la medida del aliento del hombre, un espacio tan grande como su audacia.  Siempre me he visto desgarrado entre mi apetito de los seres, la vanidad de la agitación y el deseo de hacerme igual a esos mares de olvido, a esos silencios desorbitados que son como el encanto de la muerte.  Siento inclinación por las vanidades del mundo, por mis semejantes, por los semblantes, pero, al lado del siglo, tengo una regla mía que es el mar y todo lo que en este mundo se le parece.  ¡Oh, dulzura de las noches!  Cuando las estrellas oscilan y se deslizan por encima de los mástiles, y ese silencio en mí, ese silencio por fin que me libera de todo ….”

Diarios de viaje - Albert Camus

 pintura de  J. Sorolla



jueves, 3 de septiembre de 2026

Una experiencia extraordinaria

 

“En el crepúsculo de las nueve de la noche, cuando cruzaba la calle hacia el edificio de la academia, había una luz encendida en la casa de artículos ortopédicos.  Me asombré de ver una persona de carne y hueso en el escaparate, de unos treinta años, que llevaba un vestido de color verde, amarillo, azulado.  Le estaba cambiando el braguero al maniquí de madera. 

Cuando llegué frente al escaparate, acababa de quitarle el braguero anterior, lo tenía debajo del brazo izquierdo (me presentaba su perfil derecho) y le estaba colocando el nuevo.  Me detuve a contemplarla, fascinado, hasta que de repente la chica sintió, y después vio, que alguien la miraba.  Le sonreí inmediatamente -como para demostrarle que la figura vestida de esmoquin que estaba del otro lado del vidrio no le era hostil-, pero no me dio resultado.  La turbación de la chica era extraordinaria.  Se sonrojó, dejó caer el braguero viejo, dio un paso hacia atrás, pisó un montón de irrigadores y perdió el equilibrio.  Instintivamente  hice un ademán de tenderle la mano, golpeándome los nudillos contra el vidrio.  La chica aterrizó pesadamente sobre sus posaderas, como una patinadora.  Enseguida se incorporó sin mirarme.  Con el rostro aún sonrojado, se alisó el pelo con una mano y continuó atando los cordones del braguero.  Fue precisamente en ese momento cuando tuve mi Experiencia.  De pronto (y creo que digo esto con toda la lucidez necesaria) salió el sol y se precipitó sobre mi nariz a una velocidad de setenta y tres millones de kilómetros por segundo.  Cegado y lleno de terror, tuve que apoyar una mano en el vidrio para no caerme.  La cosa duró sólo unos segundos.  Cuando recuperé la visión, la chica había desaparecido del escaparate, dejando detrás de sí un campo resplandeciente de exquisitas flores esmaltadas.”

9 Cuentos – J.D. Salinger