miércoles, 26 de agosto de 2026

opiniones descartadas

 

“Cuando Rainer Maria Rilke era muy joven, fue a visitar al viejo Tolstoi en su finca de Yasnaya Polyana.  Caminaban por el campo en compañía de la ubicua Lou Andreas-Salomé, y Tolstoi le preguntó a Rilke ¿a qué se dedica usted ahora? A lo que el poeta contestó natural y tímidamente “A la lírica”.  Según parece lo que recibió por respuesta fue no sólo una sarta de insultos, sino también una diatriba en toda regla contra todo tipo de lírica, algo en lo que en modo alguno podría dedicarse nadie.

No cabe duda de que para el joven Rilke las palabras del anciano maestro ruso tuvieron que entrarle por un oído y salirle por el otro, ya que pocos poetas ha habido en la historia que más se hayan dedicado, de manera obsesiva y excluyente, no sólo a la lírica sino exactamente a todo tipo de lírica.

Como buen poeta Rilke comulgaba mucho, no sólo con los animales sino con los astros, la tierra, los árboles, los dioses, los monumentos, los héroes, los minerales, los muertos (sobre todo con las muertas jóvenes y enamoradas), algo menos con sus vivos semejantes.”

Vidas escritas – Javier Marías



viernes, 21 de agosto de 2026

la vida está en otra parte

 

"Nos damos así cuenta de que hasta en las familias más armónicas hay una doble vida:  la vida de grupo, que es la que podemos observar en la casa de cualquier vecino, y, por debajo de ella, otra -secreta, apasionada, intensa- que es la vida real que imprime su sombra en los rostros y da carácter a las voces de nuestros amigos.

Cada uno de los miembros de esta unidad social está pensando constantemente en escapar, huir, intentando rasgar la red con que las circunstancias y sus propios afectos le han ido envolviendo.  Vemos que las relaciones humanas son la trágica necesidad de la vida humana, que no pueden llegar a ser nunca totalmente satisfactorias, que cada ego pasa la mitad del tiempo ansiándolas y la otra mitad intentando escapar de ellas.”

Para mayores de cuarenta – Willa Cather



martes, 18 de agosto de 2026

los alcances del olor

 

“Hay otro recuerdo.  Era un olor a sudor.  Un olor que me daba ímpetus, daba alas a mis anhelos, me avasallaba.

Si aguzaba los oídos podía percibir un sonido crujiente, turbio, apenas perceptible, siempre amenazante.  A veces se mezclaba con el tararí de una trompeta.  Hacia mí se arrastraba un canto simple pero extrañamente triste.  Entonces, yo tiraba a la criada de la mano para meterle prisa, anhelante por llegar al portón de casa y acurrucarme en sus brazos.  Era un pelotón de soldados que, después de hacer alguna maniobra militar, pasaba por delante de nuestra puerta.  Me hacía ilusión recibir algunos cartuchos vacíos de la mano de algún soldado al que le gustaban los niños.

Bastó que mi abuela me prohibiera recibirlos porque, según ella, eran peligrosos, para que al placer del regalo, se agregara la alegría del secreto.  El estruendo de las pesadas botas militares sobre el suelo, los uniformes sucios, el tupido bosque de los fusiles al hombro eran razones suficientes para hechizar cualquier mente infantil.  Pero no:  el gozo clandestino que subyacía tras el hecho de recibir cartuchos vacíos residía, simplemente, en sentir el olor del sudor.

El olor del sudor de los soldados – un olor a brisa marina, un olor a aire de playa quemada por colores de oro – me penetraba por la cavidad nasal y me embelesaba.  Probablemente se tratara de mi primera experiencia olfativa.  Era un olor que, aún desprovisto de toda relación con el placer sexual, iba despertando en mí poco a poco, pero profundamente, un anhelo voluptuoso por el mismo destino de aquellos soldados, por la muerte – azar frecuentemente trágico de su vocación-, por los países lejanos que verían, y cosas así.”

Confesiones de una máscara - Yukio Mishima