“Subió con Odette al coche de ella y dijo a Rémi que les
siguiese.
Odette llevaba en la mano un ramo de catleyas, y Swann
advirtió que bajo el pañuelo de encajes que le cubría la cabeza tenía en los
cabellos flores de aquella misma orquídea atadas a un airón de plumas de
cisne. Aparte de aquella especie de
mantilla llevaba un vestido de terciopelo negro que en la parte inferior se
interrumpía en un jirón oblicuo dejando ver a manera de un triángulo los bajos
de una falda de falla blanca, y que dejaba asomar un pedazo también de falla
blanca en el pico del descotado corpiño, en el que se clavaban las flores de
catleya. Apenas Odette se había repuesto del susto que le había dado Swann,
cuando un obstáculo hizo que el caballo transmitiera al coche una brusca
sacudida. Ambos fueron fuertemente
zarandeados y ella prorrumpió en un grito, quedándose muy agitada y sin
aliento.
-No es nada -le dijo él-, no tenga miedo.
La sujetaba por el hombro apoyándola contra su cuerpo
para sostenerla; luego le dijo:
-Sobre todo no diga nada, contésteme solamente por señas,
no sea que vuelva a quedarse sin aliento. ¿No le importa que le enderece las
flores del corpiño que se le han movido con la sacudida? Tengo miedo de que las pierda, quisiera
asegurarlas un poco.
Odette, que no tenía costumbre de que los hombres
tuvieran tantos miramientos con ella, dijo sonriendo:
-No, en absoluto, no me molesta.
Un amor de Swann – Marcel Proust


