martes, 18 de agosto de 2026

los alcances del olor

 

“Hay otro recuerdo.  Era un olor a sudor.  Un olor que me daba ímpetus, daba alas a mis anhelos, me avasallaba.

Si aguzaba los oídos podía percibir un sonido crujiente, turbio, apenas perceptible, siempre amenazante.  A veces se mezclaba con el tararí de una trompeta.  Hacia mí se arrastraba un canto simple pero extrañamente triste.  Entonces, yo tiraba a la criada de la mano para meterle prisa, anhelante por llegar al portón de casa y acurrucarme en sus brazos.  Era un pelotón de soldados que, después de hacer alguna maniobra militar, pasaba por delante de nuestra puerta.  Me hacía ilusión recibir algunos cartuchos vacíos de la mano de algún soldado al que le gustaban los niños.

Bastó que mi abuela me prohibiera recibirlos porque, según ella, eran peligrosos, para que al placer del regalo, se agregara la alegría del secreto.  El estruendo de las pesadas botas militares sobre el suelo, los uniformes sucios, el tupido bosque de los fusiles al hombro eran razones suficientes para hechizar cualquier mente infantil.  Pero no:  el gozo clandestino que subyacía tras el hecho de recibir cartuchos vacíos residía, simplemente, en sentir el olor del sudor.

El olor del sudor de los soldados – un olor a brisa marina, un olor a aire de playa quemada por colores de oro – me penetraba por la cavidad nasal y me embelesaba.  Probablemente se tratara de mi primera experiencia olfativa.  Era un olor que, aún desprovisto de toda relación con el placer sexual, iba despertando en mí poco a poco, pero profundamente, un anhelo voluptuoso por el mismo destino de aquellos soldados, por la muerte – azar frecuentemente trágico de su vocación-, por los países lejanos que verían, y cosas así.”

Confesiones de una máscara - Yukio Mishima




viernes, 14 de agosto de 2026

el encanto de lo cotidiano


“Miraba desoladamente a su alrededor, mientras un vago halo, procedente del cielo por el que corrían unas nubes blancas, impregnaba poco a poco la oscuridad.

Lo único que podía hacer era irse a dormir.  Se acostó completamente vestido sobre el diván y se sobresaltó cuando le alcanzó un rayo de luna.  ¿Había llegado a adormecerse?  No lo sabía.  Se precipitó hacia la ventana.  Buscó con los ojos la ventana de enfrente, y al principio vio un punto brillante, la brasa de un cigarrillo, luego la manga de una camisa, un brazo doblado, la cabeza de un hombre, y, muy cerca, la mujer que había dejado caer sus cabellos sobre los hombros.

La claridad de la luna se infiltraba hasta la misma sombra de detrás de la pareja.  Adil Bey adivinó el rectángulo blanco de una cama.  “Me están viendo”, pensó. “Es imposible que no me vean”

A modo de bravata, pegó su cara al cristal, sin detenerse a pensar si su nariz aplastada contra él resultaba amenazadora o cómica.”

Los vecinos de enfrente – Georges Simenon

 




domingo, 9 de agosto de 2026

observando un árbol


"Una vez, desde la ventana de mi clase, descubrí un árbol no muy alto, mecido por la brisa. Al contemplarlo mi corazón empezó a latir con fuerza.  Era un árbol de una belleza asombrosa. Desde el césped se erguía formando un triángulo perfecto, levemente redondeado en los ángulos, con sus múltiples ramas extendidas simétricamente, como un candelabro, sosteniendo el pesado follaje de sus ramas. Bajo esta verde espesura de hojas se vislumbraba un tronco firme y oscuro, como un pedestal de ébano.  Aunque de una perfección exquisita, poseía ese aire de descuidada elegancia que hay en la naturaleza.  El árbol estaba ahí, manteniendo un silencio radiante y sosegado, seguro de ser su propio creador.  Al mismo tiempo, sin embargo, era indudable que se trataba de una “obra”.  Tal vez una obra musical.  Una obra compuesta por un compositor alemán para un repertorio de música de cámara.  Sus notas transmitían un deleite sereno y religioso, tanto que podría decirse que era una pieza de música sagrada rebosante de solemne dignidad y nostalgia, como el diseño de un tapiz real.

Por todo eso, la afinidad entre la forma del árbol y la música no dejaba de poseer cierto significado para mí.  No fue nada extraño, por tanto, que cuando las dos cosas me atacaron con todas sus fuerzas unidas, la emoción indescriptible y misteriosa que sentí estuviera próxima, no al lirismo, sino a esa suerte de lírica embriaguez que produce la conjunción de la religión y la música.”

Confesiones de una máscara – Yukio Mishima