"Una vez, desde la ventana de mi clase, descubrí un árbol no muy alto, mecido por la brisa. Al contemplarlo mi corazón empezó a latir con fuerza. Era un árbol de una belleza asombrosa. Desde el césped se erguía formando un triángulo perfecto, levemente redondeado en los ángulos, con sus múltiples ramas extendidas simétricamente, como un candelabro, sosteniendo el pesado follaje de sus ramas. Bajo esta verde espesura de hojas se vislumbraba un tronco firme y oscuro, como un pedestal de ébano. Aunque de una perfección exquisita, poseía ese aire de descuidada elegancia que hay en la naturaleza. El árbol estaba ahí, manteniendo un silencio radiante y sosegado, seguro de ser su propio creador. Al mismo tiempo, sin embargo, era indudable que se trataba de una “obra”. Tal vez una obra musical. Una obra compuesta por un compositor alemán para un repertorio de música de cámara. Sus notas transmitían un deleite sereno y religioso, tanto que podría decirse que era una pieza de música sagrada rebosante de solemne dignidad y nostalgia, como el diseño de un tapiz real.
Por todo eso,
la afinidad entre la forma del árbol y la música no dejaba de poseer cierto
significado para mí. No fue nada
extraño, por tanto, que cuando las dos cosas me atacaron con todas sus fuerzas
unidas, la emoción indescriptible y misteriosa que sentí estuviera próxima, no
al lirismo, sino a esa suerte de lírica embriaguez que produce la conjunción de
la religión y la música.”
Confesiones
de una máscara – Yukio Mishima


