jueves, 22 de octubre de 2026

confidencias inolvidables

Cuando tenía trece o catorce años, fui a clases de composición musical. No porque fuera un niño prodigio, sino por la púdica delicadeza de mi padre.  Eran tiempos de guerra y un amigo suyo, compositor judío, tuvo que llevar la estrella amarilla; la gente empezó a evitarlo.  Mi padre, sin saber cómo expresarle su solidaridad, tuvo la idea de pedirle, en el momento justo, que me diera clases. A los judíos entonces se les confiscaba el apartamento, y el compositor tenía que cambiar continuamente de alojamiento, que cada vez era más pequeño, para terminar, antes de partir para Terezin, en una pequeña vivienda en la que en cada habitación acampaban, amontonados, muchas personas.  En cada traslado había conservado su pequeño piano, en el que yo tocaba mis ejercicios de armonía o polifonía mientras unos desconocidos a nuestro alrededor se entregaban a sus quehaceres.

De todo aquello sólo me han quedado mi admiración por él y tres o cuatro imágenes.  Sobre todo ésta:  al acompañarme después de la clase, él se detiene cerca de la puerta y me dice de pronto: “Hay muchos pasajes sorprendentemente flojos en Beethoven.  Pero son estos pasajes flojos los que otorgan valor a los pasajes fuertes”.  Es como el césped, sin el cual no podríamos disfrutar del hermoso árbol que crece en él”.

Curiosa idea.  Que se me haya quedado en la memoria es aún más curioso.  Tal vez me haya sentido honrado de poder escuchar una confesión confidencial del maestro, un secreto, un ardid que sólo los iniciados tenían el derecho de conocer.

Sea como fuere, esa corta reflexión de mi maestro de entonces me persiguió toda la vida (la he defendido, terminé por combatirla pero nunca he dudado de su importancia); sin ella, este texto, con toda seguridad, no habría sido escrito.

Pero más que a esta reflexión en sí quiero a la imagen de un hombre que, poco tiempo antes de su viaje atroz, reflexionó, en voz alta, ante un niño, sobre el problema de la composición de la obra de arte.

Los testamentos traicionados - Milan Kundera




martes, 6 de octubre de 2026

la lentitud de la cercanía

El zorro se calló y miró un buen rato al principito: —Por favor... domestícame le dijo. Bien quisiera le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas. Sólo se conocen bien las cosas que se domestican dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame! 

¿Qué debo hacer? —preguntó el principito. Debes tener mucha paciencia respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca... 

El principito volvió al día siguiente. Hubiera sido mejor —dijo el zorro— que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

El Principito - Antoine de Saint Exupéry






martes, 29 de septiembre de 2026

la fuerza de las cosas menudas

 

“La debilidad de las mujeres, como la de los esclavos, depende de su condición legal, su fuerza se desquita en las cosas menudas donde el poder que ejercen es casi ilimitado.  Raras veces he visto casas donde no reinaran las mujeres; con frecuencia he visto también reinar al intendente, al cocinero o al liberto.  En el orden financiero, siguen legalmente sometidas a una forma cualquiera de tutela, pero en la práctica, en cada tienda de la Suburra la vendedora de aves o la frutera es la que casi siempre manda en el mostrador.  La esposa de Atiano administraba los bienes familiares con admirable capacidad de hombre de negocios.  Las leyes deberían diferir lo menos posible de los usos; he acordado a la mujer una creciente libertad para administrar su fortuna, testar y heredar.  Insistí para que ninguna doncella sea casada sin su consentimiento:  la violación legal es tan repugnante como cualquier otra.  El matrimonio es la cuestión más importante de la vida:  justo es que la resuelvan según su voluntad.

Por lo demás los cambios, reales o supuestos, no han modificado en nada la eterna licencia de las costumbres de las clases inferiores o la eterna mojigatería burguesa, y sólo el tiempo mostrará si son perdurables.”

Memorias de Adriano – Marguerite Yourcenar