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sábado, 10 de noviembre de 2018

la dulzura de lo efímero

"La estufa negra, cargada de carbón y leña, resplandece como una calabaza iluminada por dentro. Los batidores de huevos giran, las cucharas revuelven las vasijas de mantequilla y azúcar, la vainilla endulza el aire, el jengibre lo hace picante; una mezcla de olores, que dan hormigueo a las narices, satura la cocina, se difunde por la casa, se esparce por el mundo en bocanadas de humo de la chimenea. En cuatro días nuestra obra ha terminado. Treinta y un pasteles, empapados de whisky, en los antepechos de las ventanas y los anaqueles.
¿Para quién son?
Amigos. No necesariamente amigos de la vecindad: realmente, la mayor parte están destinados a personas a quienes hemos visto quizás una vez, quizás nunca. Personas que han impresionado nuestra imaginación. Como el Presidente Roosevelt. Como el Reverendo J.C. Lucey y esposa, misioneros bautistas en Borneo que dieron conferencias aquí el invierno anterior. O el pequeño afilador que viene a recorrer la aldea dos veces al año. O Abner Packer, el conductor del autocar de Mobile de las seis, con quien cambiamos ademanes de saludo cada día cuando pasa en una veloz nube de polvo. O los jóvenes Wiston, una pareja de California cuyo coche se averió una tarde frente a su casa y pasaron una hora agradable charlando con nosotros en la galería (el joven señor Wiston nos sacó una instantánea, la única fotografía que nos han hecho en nuestra vida). ¿Es debido a que mi amiga es tímida con todo el mundo excepto con los extraños, que esos extraños , y las relaciones más fugaces, nos parecen nuestros verdaderos amigos? Creo que sí.  También los álbumes donde guardábamos las palabras de agradecimiento en papel de cartas de la Casa Blanca, alguna que otra comunicación de California y Borneo, las postales de a centavo del afilador, nos hacían sentirnos unidos a unos mundos extraordinarios más allá de la cocina con sus vistas a un cielo limitado."


Recuerdo Navideño -Truman Capote
Cuentos Norteamericanos,
Editorial Andrés Bello, 1984




martes, 30 de octubre de 2018

el juicio de los hombres

"- A mí me parece que no recuerdo ni una sola época en que Harvey no estuviera prosiguiendo su famosa educación -rió entre dientes el hombre del Gran Ejército.
Hubo una risa ahogada general. Sacando su pañuelo, el ministro se sonó ruidosamente. El banquero Phelps cerró su cortaplumas de golpe. -Es una lástima que los hijos del viejo no dieran los mejores resultados -observó con reflexiva autoridad- . Nunca tuvieron cohesión. El gastó en Harvey dinero suficiente como para proveer una docena de haciendas de ganados, dinero que lo mismo le hubiera aprovechado de haberlo desparramado en Caleta Arena. Si Harvey se hubiera quedado en su casa, y hubiera ayudado a cuidar lo poco que tenían, y se hubiera dedicado a criar ganado en la granja que tiene el viejo en la tierra baja, todos se hubieran arreglado muy bien; pero el viejo tuvo que confiarlo todo a inquilinos que por cierto lo engañaban a diestra y siniestra.
- Harvey nunca hubiera podido manejar ganado -interrumpió el ganadero- . Era demasiado blando ¿Se acuerdan ustedes cuando compró las mulas de Sanders  como si tuvieran ocho años cuando ya todo el mundo en el pueblo sabía que el suegro de Sanders se las había dado a su esposa como regalo de bodas dieciocho años antes y eran ya mulas crecidas?
El grupo rió discretamente y el representante del Gran Ejército se restregó las rodillas con un espasmo de deleite infantil.
- Harvey nunca sirvió para nada práctico y por cierto nunca le gustó trabajar -comentó el traficante de leña y carbón- . Yo recuerdo la última vez que estuvo aquí. Era el día que se marchó, y el viejo estaba en el establo ayudando a enganchar para ir a dejar a Harvey al tren, mientras Catl Moots estaba remendando la verja. Entonces Harvey salió de la casa y le grito con su voz de señorita: "¡Cal Moots, Cal Moots! ¡Ven a encordelarme mi baúl!"
- Así era Harvey -aprobó el hombre del Gran Ejército- Todavía me parece oírle chillar, siendo ya un hombrecito de pantalones largos, su madre acostumbraba darle una tunda con un cuero duro por dejar que las vacas se metieran en el maizal cuando las traía de pastorear. Una vez perdió a una de mis vacas -era una pura Jersey y la mejor lechera que yo tenía -y el viejo tuvo que pagarla. Harvey estaba mirando la puesta de sol sobre los marjales cuando el animal se le escapó.
-Donde el viejo cometió un gran error fue en mandar al muchacho a un colegio del Este -dijo Phelps, acariciándose la perilla y hablando en un tono intencionado y judicial-. Allí fue donde se le metieron en la cabeza todas esas tonterías. Lo que Harvey necesitaba, más que nadie, era un curso en algún colegio comercial de Kansas City.
Las letras de su libro vacilaban bajo los ojos de Steavens. ¿Era posible que aquellos hombres no comprendieran; que la hoja de palma colocada sobre el ataúd no significara nada para ellos? Pero si hasta el nombre mismo de aquel pueblo hubiera permanecido perdido para siempre en la guía postal de no haber sido mencionado en el mundo una y otra vez en relación con el nombre de Harvey Merrick. Recordaba lo que su maestro le había dicho el día de su muerte, después que la congestión de sus dos pulmones alejó toda probabilidad de que pudiera restablecerse, y el escultor le pidió a su discípulo que su cuerpo fuera enviado a su casa:  "No es un lugar agradable para yacer mientras el mundo se mueve y realiza cosas y progresa", había dicho con una débil sonrisa, "pero creo, que después de todo, uno debe volver al lugar de donde proviene. Las gentes del pueblo vendrán a darme una mirada y, una vez que ellos hayan emitido su juicio sobre mí, ya no tendré mucho que temer al juicio de Dios"."

El funeral del escultor - Willa Cather
Cuentos Norteamericanos,
 Editorial Andrés Bello, agosto 1984



sábado, 21 de julio de 2018

proyectándose en los crisantemos

"Muchas gracias por todo, seora - le dijo desde arriba-, Haré lo que me dijo usted. Volveré atrás y cogeré la carretera de Salinas.
- Recuerde que, si el camino se hace largo, debe mantener siempre húmeda la tierra.
- ¿La tierra, seora?  ¿La tierra...? ¡Ah! ¡Claro! La tierra de los crisantemos. No se preocupe.
Chasqueó la lengua. El caballo y el burro se revolvieron bajo las bridas. El perro larguirucho volvió a ocupar su sitio entre las ruedas de atrás de la carreta. Y la comitiva dio vuelta, se dirigió a la salida de la granja y tomó el camino que bordea el río, el mismo por el que había llegado un rato antes.
Elisa se mantuvo de pie junto a la verja de alambre, viendo alejarse lentamente el carromato.  Sus hombros estaban rígidos, su cabeza echada un poco hacia atrás y sus ojos entrecerrados, de modo que la escena se le pudiera quedar bien grabada en la mente. Sus labios se movieron, formando silenciosamente las palabras "Adiós. Adiós". Y seguidamente, se le escapó en voz alta un:

-Camináis hacia la libertad, por el camino de luz, ¡Qué luminoso debe ser lo que os espera!

Le asustó el sonido de su propia voz y, volviendo a su postura natural, miró en todas las direcciones para comprobar si alguien había podido escuchar lo que acababa de decir.

Los crisantemos - John Steinbeck
Aguilar Ediciones, 1995



lunes, 25 de junio de 2018

vida y muerte en la Biblioteca


"El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda, mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y se disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal  es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.


Cuentos Completos - Jorge Luis Borges
La Biblioteca de Babel
Ediciones DeBolsillo 2016








martes, 8 de mayo de 2018

its crystal had been broken

17, ----ROAD,
-----DEVON
JUNE 7, 1944

DEAR SERGEANT X,

I hope you will forgive me for having taken 38 days to begin our correspondence but, I have been extremely busy as my aunt has undergone streptococcus of the throat and nearly perished and I have been justifiably saddled with one responsibility after another. However I have thought of you frequently and of the extremely pleasant afternoon we spent in each other's company on April 30, 1944 between 3:45 and 4:15 P.M. in case it slipped your mind.
We are all tremendously excited and overawed about D Day and only hope that it will bring about the swift termination of the war and a method of existence that is ridiculous to say the least. Charles and I are both quite concerned about you; we hope you were not among those who made the first initial assault upon the Cotentin Peninsula. Were you? Please reply as speedily as possible. My warmest regards to your wife.
Sincerely yours,

ESME

P.S. I am taking the liberty of enclosing my wristwatch which you may keep in your possession for the duration of the conflict. I did not observe whether you were wearing one during our brief association, but this one is extremely water-proof and shockproof as well as having many other virtues among which one can tell at what velocity one is walking if one wishes. I am quite certain that you will use it to greater advantage in these difficult days than I ever can and that you will accept it as a lucky talisman.
Charles, whom I am teaching to read and write and whom I am finding an extremely intelligent novice, wishes to add a few words. Please write as soon as you have the time and inclination.

HELLO HELLO HELLO HELLO HELLO HELLO HELLO HELLO HELLO HELLO LOVE AND KISSES CHARLES

It was a long time before X could set the note aside, let alone lift Esme's father's wristwatch out of the box. When he did finally lift it out, he saw that its crystal had been broken in transit. He wondered if the watch was otherwise undamaged, but he hadn't the courage to wind it and find out. He just sat with it in his hand for another long period. Then, suddenly, almost ecstatically, he felt sleepy.
You take a really sleepy man, Esme, and he always stands a chance of again becoming a man with all his fac—with all his f-a-c-u-l-t-i-e-s intact.

For Esmé -with Love and Squalor -
J.D.Salinger
Bantam Ediciones, 1964


domingo, 25 de marzo de 2018

dos silencios

"A lo lejos, vi la silueta de alguien que caminaba en la misma dirección. Iba como a cincuenta metros de distancia, por la acera opuesta y sin prisa. Pensé que podía ser la Poison y aceleré un poco el paso. En seguida me di cuenta de que era un hombre. Aunque la calle estaba de por medio, me pareció que no era joven ni viejo, pensé que era un obrero después de su jornada nocturna. No sé por qué, me dieron unas ganas inmensas de cruzar y caminar con él. El hombre me miró con recelo al principio y luego con indiferencia, enderezó la cara y siguió caminando. Los pasos del desconocido golpeaban a mi derecha, traté de adelantarme pero fue inútil: parecíamos sincronizados, avanzando en la misma dirección, al mismo paso, con la calle de por medio. Hubiera sido fácil atravesar la calle y acercarse, lo difícil eran las palabras. siempre las palabras.
Algo hay podrido en Dinamarca, recuerdo que pensé, y en el resto de este puto planeta para que esto pase. Ni siquiera el viento de la madrugada podía unir a dos desconocidos y hacerlos caminar en compañía. Algo hay podrido en Dinamarca. Me moría de ganas de contarle lo que nos pasó, vengo de una fiesta pero cayó la ley y por poco nos agarran, mi chamaca y yo salimos escupidos y por esta nos salvamos. Entonces pensé por primera vez en mi vida que tal vez, casi seguramente, algo importante decían las frases garabateadas en los muros de San José. Y en un instante pasaron por mi mente las imágenes que había visto en los periódicos de las manifestaciones juveniles en México, París, Río de Janeiro y California, y sentí que mi garganta se trababa y estuve a punto de gritar, de llorar, no sé,algo hay podrido en Costa Rica, en Dinamarca y en todos los que somos incapaces de hablar con un desconocido. Y supe que Janis Joplin decía lo mismo, y que en su voz de diosa herida se mezclaban la furia y los lamentos.


Uno en la llovizna - Rodrigo Soto
LOM Ediciones, 2009




miércoles, 21 de marzo de 2018

impulsos desenfrenados

"Esta mañana Claudia y yo salimos, como siempre, rumbo a nuestros empleos en el cochecito que mis padres nos regalaron hace diez años por nuestra boda. A poco sentí un cuerpo extraño junto a los pedales. ¿Una cartera? ¿Un ...? De golpe recordé que anoche fui a dejar a María a casa y el besito candoroso de siempre en las mejillas se nos corrió, sin pensarlo, a la comisura de los labios, al cuello, a los hombros, a la palanca de cambios, al corset, al asiento reclinable, en fin. Estás distraído, me dijo Claudia cuando casi me paso el semáforo. Después siguió mascullando algo pero yo ya no la atendía. Me sudaban las manos y sentí que el pie, desesperadamente, quería transmitir el don del tacto a la suela de mi zapato para saber exactamente qué era aquello, para aprehenderlo sin que ella notara nada. Finalmente logré pasar el objeto desde el lado del acelerador hasta el lado del embrague. Lo empujé hacia la puerta con el ánimo de abrirla en forma sincronizada para botar eso a la calle. Pese a las maromas que hice, me fue imposible. Decidí entonces distraer a Claudia y tomar aquello con la mano para lanzarlo por la ventana. Pero Claudia estaba arrimada a su puerta, prácticamente virada hacia mí. Comencé a desesperar. Aumenté la velocidad y a poco vi por el retrovisor un carro de la policía. Creí conveniente acelerar para separarme de la patrulla policial pues si veían que eso salía por la ventanilla podían imaginarse cualquier cosa. -¿Por qué corres? Me inquirió Claudia, al tiempo que se acomodaba de frente como quien empieza a presentir un choque. Vi que la policía quedaba atrás por lo menos con una cuadra. Entonces aprovechando que entrábamos al redondel le dije a Claudia saca la mano que voy a virar a la derecha. Mientras lo hizo, tomé el cuerpo extraño: era un zapato leve, de tirillas azules y alto cambrión. Sin pensar dos veces lo tiré por la ventanilla. Bordeé ufano el redondel, sentí ganas de gritar, de bajarme para aplaudirme, para festejar mi hazaña, pero me quedé helado viendo en el retrovisor nuevamente a la policía. Me pareció que se detenían, que recogían el zapato, que me hacían señas. -¿Qué te pasa? me preguntó Claudia con su voz ingenua. -No sé, le dije, esos chapas son capaces de todo. Pero el patrullero curvó y yo seguí recto hacia el estacionamiento de la empresa donde trabaja Claudia. Atrás de nosotros frenó un taxi haciendo chirriar los neumáticos. Era otra atrasada, una de esas que se terminan de maquillar en el taxi. -Chao amor, me dijo Claudia, mientras con su piecito juguetón buscaba inútilmente su zapato de tirillas azules.

Conciencia breve - Iván Egüez
16 Cuentos Latinoamericanos, LOM, 2008