jueves, 3 de septiembre de 2026

Una experiencia extraordinaria

 

“En el crepúsculo de las nueve de la noche, cuando cruzaba la calle hacia el edificio de la academia, había una luz encendida en la casa de artículos ortopédicos.  Me asombré de ver una persona de carne y hueso en el escaparate, de unos treinta años, que llevaba un vestido de color verde, amarillo, azulado.  Le estaba cambiando el braguero al maniquí de madera. 

Cuando llegué frente al escaparate, acababa de quitarle el braguero anterior, lo tenía debajo del brazo izquierdo (me presentaba su perfil derecho) y le estaba colocando el nuevo.  Me detuve a contemplarla, fascinado, hasta que de repente la chica sintió, y después vio, que alguien la miraba.  Le sonreí inmediatamente -como para demostrarle que la figura vestida de esmoquin que estaba del otro lado del vidrio no le era hostil-, pero no me dio resultado.  La turbación de la chica era extraordinaria.  Se sonrojó, dejó caer el braguero viejo, dio un paso hacia atrás, pisó un montón de irrigadores y perdió el equilibrio.  Instintivamente  hice un ademán de tenderle la mano, golpeándome los nudillos contra el vidrio.  La chica aterrizó pesadamente sobre sus posaderas, como una patinadora.  Enseguida se incorporó sin mirarme.  Con el rostro aún sonrojado, se alisó el pelo con una mano y continuó atando los cordones del braguero.  Fue precisamente en ese momento cuando tuve mi Experiencia.  De pronto (y creo que digo esto con toda la lucidez necesaria) salió el sol y se precipitó sobre mi nariz a una velocidad de setenta y tres millones de kilómetros por segundo.  Cegado y lleno de terror, tuve que apoyar una mano en el vidrio para no caerme.  La cosa duró sólo unos segundos.  Cuando recuperé la visión, la chica había desaparecido del escaparate, dejando detrás de sí un campo resplandeciente de exquisitas flores esmaltadas.”

9 Cuentos – J.D. Salinger