“Recibí un mensaje de Saya por Line en el que me anunciaba que tenía novio. Le pregunté cómo era, pero ella se limitó a responderme: “Es médico”.
Yo le había preguntado por él como persona, pero ella
había eludido referirse a su forma de ser o a su aspecto físico para mencionar
directamente sobre su profesión, aunque médicos debe haber de muchos tipos.
No obstante, seguramente Saya me lo había dicho para que
yo entendiera qué clase de persona era, como si la profesión describiera el
carácter de uno. A decir verdad, al
comentarme que era médico, en cierta medida me imaginé cómo sería según la
imagen estereotipada o subjetiva que yo misma me había creado de su profesión.
Me pregunté qué personalidad debía proyectar mi trabajo a
los ojos de los demás ¿Qué debía de decir de mí a las personas que no me
conocen?
En el fondo de pantalla azul celeste de mi teléfono, la
conversación sobre ese novio que había conocido en una cita múltiple de
solteros fue avanzando poco a poco.
Saya era del mismo pueblo que yo. Éramos amigas desde el instituto y, aunque al
terminar yo me fuera a Tokio a estudiar un grado de formación profesional y después
me quedara a trabajar allí, ella todavía seguía contactando conmigo de vez en
cuando.
“¿Cómo va todo últimamente, Tomoka?”
Tras leer ese mensaje, mis dedos se detuvieron unos
instantes. No tenía novedades. Empecé a escribir “Todo” y el sistema de
redacción automática me sugirió “Todo bien”, así que eso fue lo que le mandé,
pero en realidad lo que quería responderle era un “Todo me aburre”.
La biblioteca de los nuevos comienzos – Michiko Aoyama

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