"De un extremo a otro de aquella calle, la antigua calle Mayor de Saumur se oyen de puerta en puerta estas palabras:
"¡Vaya un tiempo hermoso!" y todo el mundo dice a su vecino:
"¡Llueven luises"!, dando a entender con ello lo que un rayo de sol o una lluvia oportuna valen.
Los sábados por la tarde, durante la buena estación, os será imposible adquirir cinco céntimos de mercancía en las tiendas de estos honrados industriales. Cada uno de ellos tiene su viña, su hacienda y se van a pasar dos días en el campo. Allí, como todo está previsto, la compra, venta y ganancia, los comerciantes pueden emplear diez horas, de las doce que disponen, en alegres partidas, en observaciones, comentarios y continuos espionajes. Una mujer no puede comprar una perdiz sin que los vecinos le pregunten al marido al día siguiente si estaba bien guisada. Una muchacha no puede asomarse a la ventana sin ser vista por todos los grupos de desocupados.
Allí, pues, las conciencias están expuestas a la luz del día, de la misma manera que sus casas impenetrables, negras y silenciosas, carecen de misterio. La vida se hace casi siempre al aire libre: cada familia se sienta a la puerta de su casa y allí come y disputa. No pasa nadie por la calle que no sea estudiado. Ahí, cuando, hace mucho tiempo, un extranjero llegaba a una ciudad de provincias, se burlaban de él de puerta en puerta.
De aquí provienen los buenos cuentos y el sobrenombre de "ocurrentes" que se daba a los habitantes de Angers, que se distinguían en estas bromas pueblerinas. Los palacios antiguos de la parte vieja de la ciudad están situados en la parte alta de aquella calle, habitada antiguamente por los gentiles hombres del país. La casa, llena de melancolía, donde tuvieron lugar los acontecimientos de esta historia, era precisamente una de esas viviendas, venerable resto de un siglo en el que los hombres y las cosas tenían ese carácter sencillo que las costumbres francesas van perdiendo día a día."
Eugenia Grandet - Honoré de Balzac
Editorial EDAF S.A. 1993, pág 12
"Reconocer la realidad como forma de ilusión, y la ilusión como forma de realidad, es igualmente necesario e igualmente inútil". F. Pessoa
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lunes, 9 de octubre de 2017
martes, 11 de julio de 2017
¿ pobre Nanón ?
"El padre Grandet, que pensaba por entonces casarse y quería ir montando su casa, mandó llamar a esta joven que todo el mundo rechazaba. Grandet, en su calidad de tonelero, apreció cuanto valía la fuerza corporal de aquella joven y se dio cuenta del partido que se podía sacar de aquella hercúlea complexión, plantada sobre sus pies como una encina de sesenta años sobre sus raíces, fuerte de caderas, cuadrada de espaldas, con maneras de carretero y una probidad tan rigurosa como lo era su intacta virtud. Ni las verrugas que adornaban aquel rostro marcial, ni la tez color de ladrillo, ni los nervudos brazos ni los harapos de Nanón, asustaron al tonelero, que se encontraba aún en esa edad en que el corazón se estremece. La vistió, la calzó, la mantuvo, le señaló un sueldo y la hacía trabajar sin tratarla mal.
Al verse Nanón acogida de aquella manera, lloró secretamente de alegría y le tomó un gran afecto al tonelero quien, por lo demás, la explotaba señorialmente. Nanón lo hacia todo; guisaba, hacía la colada, iba a lavar ropa al Loire cargándola sobre sus hombros; se levantaba al amanecer y se acostaba tarde; hacía la comida para los vendimiadores en la época de recolección; vigilaba a los pisadores y defendía como un perro fiel los intereses de su amo; por último, confiando ciegamente en él, se sometía sin protestar a sus más ridículos caprichos. El año famoso de 1811, cuya cosecha dió tanto que hacer, al cabo de veinte años de servicio, Grandet resolvió darle a Nanón su reloj, único regalo que recibió de él, pues si bien le daba sus zapatos viejos -que le venían bien-, era imposible considerar como un regalo el provecho que de ellos sacaba, pues no le duraban más de tres meses por lo estropeados que estaban. La necesidad hizo a aquella pobre mujer tan avara, que Grandet acabó por tomarle cariño como se le toma a un perro, y Nanón se dejó poner las carlancas sin que los pinchazos le molestaran. Si Grandet cortaba el pan con alguna escasez, la pobre mujer no se quejaba y participaba alegremente del proceso higiénico que procuraba el régimen severo de la casa en la que jamás caía enfermo ninguno.
Además, Nanón formaba parte de la familia; se reía cuando se reía él, se helaba de frío, se calentaba o trabajaba cuando él lo hacía. ¡Cuán gratas compensaciones tenía aquella igualdad! Nunca el amo regañó a la criada por el albérchigo o por el melocotón, por las ciruelas o los albaricoques que se comiera debajo de los árboles.
- ¡Vamos hártate, Nanón,! - le decía en los años en que las ramas se venían abajo por el peso de los frutos, que los colonos se veían obligados a dar a los cerdos.
Para una muchacha de campo, que en su juventud no había recibido más que malos tratos; para una pobre recogida por caridad, la risa equívoca del padre Grandet, era un verdadero rayo de sol. Por lo demás, el corazón sencillo y la escasa inteligencia de Nanón no podía contener más que una idea. Al cabo de treinta y cinco años se veía aún llegando a la puerta del taller del señor Grandet con los pies desnudos, harapienta, y oía siempre al tonelero que le decía "¿ Qué quieres hija mía ?" Y su gratitud era eterna. Grandet, a veces, pensando que aquella criatura no había escuchado jamás la menor palabra halagüeña, que desconocía los sentimientos agradables que la mujer inspira, sentía compasión por ella y le decía mirándola:
"¡Pobre Nanón!"
Eugenia Grandet - Honoré de Balzac
Editorial EDAF S.A. 1993 pág. 46
Al verse Nanón acogida de aquella manera, lloró secretamente de alegría y le tomó un gran afecto al tonelero quien, por lo demás, la explotaba señorialmente. Nanón lo hacia todo; guisaba, hacía la colada, iba a lavar ropa al Loire cargándola sobre sus hombros; se levantaba al amanecer y se acostaba tarde; hacía la comida para los vendimiadores en la época de recolección; vigilaba a los pisadores y defendía como un perro fiel los intereses de su amo; por último, confiando ciegamente en él, se sometía sin protestar a sus más ridículos caprichos. El año famoso de 1811, cuya cosecha dió tanto que hacer, al cabo de veinte años de servicio, Grandet resolvió darle a Nanón su reloj, único regalo que recibió de él, pues si bien le daba sus zapatos viejos -que le venían bien-, era imposible considerar como un regalo el provecho que de ellos sacaba, pues no le duraban más de tres meses por lo estropeados que estaban. La necesidad hizo a aquella pobre mujer tan avara, que Grandet acabó por tomarle cariño como se le toma a un perro, y Nanón se dejó poner las carlancas sin que los pinchazos le molestaran. Si Grandet cortaba el pan con alguna escasez, la pobre mujer no se quejaba y participaba alegremente del proceso higiénico que procuraba el régimen severo de la casa en la que jamás caía enfermo ninguno.
Además, Nanón formaba parte de la familia; se reía cuando se reía él, se helaba de frío, se calentaba o trabajaba cuando él lo hacía. ¡Cuán gratas compensaciones tenía aquella igualdad! Nunca el amo regañó a la criada por el albérchigo o por el melocotón, por las ciruelas o los albaricoques que se comiera debajo de los árboles.
- ¡Vamos hártate, Nanón,! - le decía en los años en que las ramas se venían abajo por el peso de los frutos, que los colonos se veían obligados a dar a los cerdos.
Para una muchacha de campo, que en su juventud no había recibido más que malos tratos; para una pobre recogida por caridad, la risa equívoca del padre Grandet, era un verdadero rayo de sol. Por lo demás, el corazón sencillo y la escasa inteligencia de Nanón no podía contener más que una idea. Al cabo de treinta y cinco años se veía aún llegando a la puerta del taller del señor Grandet con los pies desnudos, harapienta, y oía siempre al tonelero que le decía "¿ Qué quieres hija mía ?" Y su gratitud era eterna. Grandet, a veces, pensando que aquella criatura no había escuchado jamás la menor palabra halagüeña, que desconocía los sentimientos agradables que la mujer inspira, sentía compasión por ella y le decía mirándola:
"¡Pobre Nanón!"
Eugenia Grandet - Honoré de Balzac
Editorial EDAF S.A. 1993 pág. 46
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