viernes, 2 de agosto de 2019

desde "Tontilandia" ...


"Proust, como la fotografía, no perdona detalle. No existe para él esa selección, esa síntesis, esa estilización que distinguen el cuadro de la oleografía barata y la descripción literaria del inventario judicial.
Lo que interesa o lo que no interesa, lo que contribuye al efecto o lo destruye, está tratado con igual intensidad.
El protagonista no puede ser menos atrayente: Una sensiblería de señora histérica, en lo que se refiere a su persona, alterna con la más absoluta falta de ternura y de emoción en cuanto atañe a los demás.
Un alfiler clavado en la pared le produce escalofríos; la presencia de un inofensivo ropero de caoba basta para dejarlo sin dormir y acaba por producirle tal desesperación que, a medianoche, se resuelve a llamar a su adorada abuela, exponiéndola a una pulmonía, para que acuda en su socorro.
Todo esto, según parece, denota una sensibilidad exquisita; pero el lector, hombre normal y sano, siente impulsos espantosos de levantarse junto con la abuela y aplicarle al muy marica un par de bofetadas para que de una vez por todas, le pierda el miedo a los roperos.
Menos mal, que el horror a estos pacíficos muebles está compensado en el protagonista por una admiración desordenada hacia los nobles. Ningún cursi sería capaz de sentir con mayor intensidad que él, la atracción de los títulos y los pergaminos, por más que sus portadores no dejen, en la novela, nada que desear en punto a ridiculez y falta de cacumen. Cierto es que la servidumbre desempeña también en el curso del libro un papel importantísimo.
Proust habla de los nobles por lo que le cuentan los criados, y de los criados por lo que le cuentan los nobles. Este intercambio de chismes, que tanto suele hacer sufrir a las dueñas de casa, es para el autor una fuente segura de investigación psicológica.
Pero, el fuerte de Proust es la asociación de ideas. Un ruido, un olorcillo cualquiera, una pata de mosca perdida entre las páginas de un libro, le permiten llenar cuarenta o cincuenta páginas con disquisiciones de este jaez:
«Al abrir la puerta, sentí una mortal tristeza y estuve a punto de desmayarme, porque observé que, puesto que me había sido posible abrir la puerta, era evidente que debía estar sin llave, lo que forzosamente indicaba que ésta no había sido echada o la puerta carecía de ella, lo que en el primer caso denotaba una distracción muy explicable de parte de la persona encargada de cerrarla -que bien pudo considerar también innecesario hacerlo-, o en el segundo, un olvido del cerrajero. En un principio no comprendí cómo un detalle tan insignificante podía haberme arrastrado a tal estado de postración moral tan sólo comparable al que me produce un papel secante verde y sin uso: pero luego recordé que una tía, que nunca seca sus cartas, tenía también una propiedad verde y sin uso, donde unos bandidos cometieron hace tiempo un crimen horrendo, y entonces comprendí que el horror que me causaba aquella puerta sin llave, no era otra cosa que el recuerdo, exacerbado por los años, del horror que sentí al leer el párrafo de diario en que se anunciaba que los susodichos bandidos se habían robado una oveja que mi tía estimaba mucho, acaso porque nunca la había visto, diferenciándose en esto para ella de todas las ovejas que había conocido».

Hago gracia a los lectores de las cincuenta o cien páginas que podría escribir para alargar este pequeño ejemplo.
Es posible que pueda producirse una asociación de ideas de esta especie; pero, aun suponiendo que todos sus términos sean exactos, al pasarlas al papel, resulta absolutamente falsa, porque la asociación de ideas es una operación esencialmente rápida. El describirla, haciéndola durar una velada entera, resulta tan absurdo como prolongar, para mayor claridad, durante media hora, un estornudo. Parecerá un automóvil con escape libre, una ametralladora lejana, una sucesión de cohetes, cualquier cosa, menos un estornudo cuya sensación quería darse.
Algo de eso es lo que sucede al leer a Proust. El exceso de lentitud, con que se desarrollan las ideas y los sucesos, les quita todo carácter de verdad o, a lo menos, de naturalidad. Por supuesto, que semejante afirmación no puede hacerse en alta voz. El amigo proustiano, que ya lo ha hecho leer a uno dos tomos, puede surgir de donde menos se piensa para decirle con voz meliflua:
-¿Se ha aburrido? No importa... Es sólo falta de costumbre. Lea usted ahora el primer tomo del Camino de Swan... ¡Es un encanto! Verá que, una vez que se habitúe, no sólo dejará de molestarle; le gustará e irá corriendo a buscar el otro tomo.
Ante un peligro semejante, yo no me he atrevido a continuar leyendo. ¡No vaya a ser que me acostumbre! En las últimas treinta páginas ya notaba con rubor que, de cuando en cuando, el libro comenzaba a cogerme. Unos cinco tomos más y, acaso, familiarizado con la lata, habría terminado por entusiasmarme y sentir una profunda admiración por esa especie de señora que se desmaya con el olor de las flores, goza con los chismes de la servidumbre, delira por los marqueses más ridículos y llena páginas de páginas, en busca de la manera de hacer perder a los demás el tiempo que ya ha perdido."

En Tontilandia - Jenaro Prieto
Ediciones BChile S.A. 2006



viernes, 19 de julio de 2019

secretos de dos no son de Dios

"Hasta ese año Cristián Precht parecía haberse sumido en el silencio. Muchos pensaron que una vez terminada la dictadura, con Pinochet fuera del gobierno y en democracia, el ex vicario de la Solidaridad seguiría escalando en la jerarquía de la Iglesia, pero no fue así. En 1991 fue nombrado vicario de la Esperanza Joven del arzobispado de Santiago, pero luego de eso su figura fue desvaneciéndose frente a la opinión pública. Nadie se explicaba la razón. Era como si la democracia lo hubiera arrastrado a él, junto a otros curas opositores al régimen de Pinochet, hacia la irrelevancia. Una de las escasas reapariciones de Cristián Precht en la prensa,durante la transición, ocurrió cuando comenzó la ola de denuncias en Estados Unidos a principios de la década del dos mil. En Chile las autoridades de la Iglesia se reunieron para discutir la situación y lo que, seguramente, vendría en el futuro. Parte de la discusión se concentró en la posibilidad de aplicar la política de tolerancia cero que estableció la Iglesia católica estadounidense, que implicaba expulsar inmediatamente a los sacerdotes que cometieran estos actos y solamente dejar en sus cargos  a quienes en el pasado hubieran caído solo una vez en falta. Esta política suponía algo que la opinión pública no tenía en cuenta; el hecho de que la Iglesia contara con información interna que identificaba a los sacerdotes abusadores, información que rara vez era difundida en la comunidad y mucho menos entregada a la justicia civil. El sistema de justicia canónico es de un secretismo sorprendente. A quienes denuncian no se les entrega ningún documento que certifique que han presentado una acusación, ni un plazo de investigación claro, y cuando la investigación concluye, tampoco se les entrega un documento que acredite la sanción final. En ocasiones ni siquiera se lo comunican a la víctima, porque esperan que sea la víctima la que se acerque a preguntar a las oficinas correspondientes. Además, todos los documentos del proceso permanecen en secreto y algunas congregaciones simplemente los destruyen."

Rebaño - Oscar Contardo
Editorial Planeta Chilena S.A.2018




viernes, 12 de julio de 2019

un cariño desconocido


"Una vez buscando los pequeños objetos y los minúsculos seres de mi mundo en el fondo de mi casa en Temuco, encontré un agujero en una tabla del cercado. Miré a través del hueco y vi un terreno igual al de mi casa, baldío y silvestre. Me retiré unos pasos, porque vagamente supe que iba a pasar algo.
De pronto apareció una mano. Era la mano pequeñita de un niño de mi misma edad. Cuando acudí no estaba la mano porque en lugar de ella había una maravillosa oveja blanca. Era una oveja de lana desteñida. Las ruedas se habían escapado. Todo esto lo hacía más verdadera. Nunca había visto yo una oveja tan linda. Miré por el agujero, pero el niño había desaparecido. Fui a mi casa y volví con un tesoro que le dejé en el mismo sitio: una piña de pino, entreabierta, olorosa y balsámica, que yo adoraba. La dejé en el mismo sitio y me fui con la oveja. Nunca más vi la mano ni el niño. 
Nunca tampoco he vuelto a ver una ovejita como aquélla. La perdí en un incendio. Y aún ahora en este 1954, muy cerca de los cincuenta años, cuando paso por una juguetería, miro aún furtivamente a las ventanas. Pero es inútil. Nunca más se hizo una oveja como aquélla. Yo he sido un hombre afortunado. Conocer la fraternidad de nuestros hermanos es una maravillosa acción de la vida. Conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta la vida.  Pero sentir el cariño de los que no conocemos, de los desconocidos que están velando nuestro sueño y nuestra soledad, nuestros peligros o nuestros desfallecimientos, es una sensación aún más grande y más bella porque extiende nuestro ser y abarca todas las vidas. Aquella ofrenda traía por primera vez a mi vida un tesoro que me acompañó más tarde: la solidaridad humana. La vida iba a ponerla en mi camino más tarde, destacándola contra la adversidad y la persecución. 
No sorprenderá entonces que yo haya tratado de pagar con algo balsámico, oloroso y terrestre la fraternidad humana. Así como dejé allí aquella piña de pino, he dejado en la puerta de muchos desconocidos, de muchos prisioneros, de muchos solitarios, de muchos perseguidos, mis palabras. Esta es la gran lección que recogí en el patio de una casa solitaria, en mi infancia. Tal vez sólo fue un juego de dos niños que no se conocen y que quisieron comunicarse los dones de la vida. Pero este pequeño intercambio misterioso se quedó tal vez depositado como un sedimento indestructible en mi corazón, encendiendo mi poesía. "
Pablo Neruda, Isla Negra, 1954