“Hay otro recuerdo. Era un olor a sudor. Un olor que me daba ímpetus, daba alas a mis anhelos,
me avasallaba.
Si aguzaba los oídos podía percibir un sonido crujiente,
turbio, apenas perceptible, siempre amenazante.
A veces se mezclaba con el tararí de una trompeta. Hacia mí se arrastraba un canto simple pero
extrañamente triste. Entonces, yo tiraba
a la criada de la mano para meterle prisa, anhelante por llegar al portón de
casa y acurrucarme en sus brazos. Era un
pelotón de soldados que, después de hacer alguna maniobra militar, pasaba por
delante de nuestra puerta. Me hacía
ilusión recibir algunos cartuchos vacíos de la mano de algún soldado al que le
gustaban los niños.
Bastó que mi abuela me prohibiera recibirlos porque, según
ella, eran peligrosos, para que al placer del regalo, se agregara la alegría
del secreto. El estruendo de las pesadas
botas militares sobre el suelo, los uniformes sucios, el tupido bosque de los
fusiles al hombro eran razones suficientes para hechizar cualquier mente
infantil. Pero no: el gozo clandestino que subyacía tras el
hecho de recibir cartuchos vacíos residía, simplemente, en sentir el olor del
sudor.
El olor del sudor de los soldados – un olor a brisa
marina, un olor a aire de playa quemada por colores de oro – me penetraba por
la cavidad nasal y me embelesaba. Probablemente
se tratara de mi primera experiencia olfativa.
Era un olor que, aún desprovisto de toda relación con el placer sexual,
iba despertando en mí poco a poco, pero profundamente, un anhelo voluptuoso por
el mismo destino de aquellos soldados, por la muerte – azar frecuentemente trágico
de su vocación-, por los países lejanos que verían, y cosas así.”
Confesiones de una máscara - Yukio Mishima

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