martes, 18 de agosto de 2026

los alcances del olor

 

“Hay otro recuerdo.  Era un olor a sudor.  Un olor que me daba ímpetus, daba alas a mis anhelos, me avasallaba.

Si aguzaba los oídos podía percibir un sonido crujiente, turbio, apenas perceptible, siempre amenazante.  A veces se mezclaba con el tararí de una trompeta.  Hacia mí se arrastraba un canto simple pero extrañamente triste.  Entonces, yo tiraba a la criada de la mano para meterle prisa, anhelante por llegar al portón de casa y acurrucarme en sus brazos.  Era un pelotón de soldados que, después de hacer alguna maniobra militar, pasaba por delante de nuestra puerta.  Me hacía ilusión recibir algunos cartuchos vacíos de la mano de algún soldado al que le gustaban los niños.

Bastó que mi abuela me prohibiera recibirlos porque, según ella, eran peligrosos, para que al placer del regalo, se agregara la alegría del secreto.  El estruendo de las pesadas botas militares sobre el suelo, los uniformes sucios, el tupido bosque de los fusiles al hombro eran razones suficientes para hechizar cualquier mente infantil.  Pero no:  el gozo clandestino que subyacía tras el hecho de recibir cartuchos vacíos residía, simplemente, en sentir el olor del sudor.

El olor del sudor de los soldados – un olor a brisa marina, un olor a aire de playa quemada por colores de oro – me penetraba por la cavidad nasal y me embelesaba.  Probablemente se tratara de mi primera experiencia olfativa.  Era un olor que, aún desprovisto de toda relación con el placer sexual, iba despertando en mí poco a poco, pero profundamente, un anhelo voluptuoso por el mismo destino de aquellos soldados, por la muerte – azar frecuentemente trágico de su vocación-, por los países lejanos que verían, y cosas así.”

Confesiones de una máscara - Yukio Mishima




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