Cuando tenía trece o catorce años, fui a clases de composición musical. No porque fuera un niño prodigio, sino por la púdica delicadeza de mi padre. Eran tiempos de guerra y un amigo suyo, compositor judío, tuvo que llevar la estrella amarilla; la gente empezó a evitarlo. Mi padre, sin saber cómo expresarle su solidaridad, tuvo la idea de pedirle, en el momento justo, que me diera clases. A los judíos entonces se les confiscaba el apartamento, y el compositor tenía que cambiar continuamente de alojamiento, que cada vez era más pequeño, para terminar, antes de partir para Terezin, en una pequeña vivienda en la que en cada habitación acampaban, amontonados, muchas personas. En cada traslado había conservado su pequeño piano, en el que yo tocaba mis ejercicios de armonía o polifonía mientras unos desconocidos a nuestro alrededor se entregaban a sus quehaceres.
De todo
aquello sólo me han quedado mi admiración por él y tres o cuatro imágenes. Sobre todo ésta: al acompañarme después de la clase, él se
detiene cerca de la puerta y me dice de pronto: “Hay muchos pasajes
sorprendentemente flojos en Beethoven.
Pero son estos pasajes flojos los que otorgan valor a los pasajes
fuertes”. Es como el césped, sin el cual
no podríamos disfrutar del hermoso árbol que crece en él”.
Curiosa
idea. Que se me haya quedado en la
memoria es aún más curioso. Tal vez me
haya sentido honrado de poder escuchar una confesión confidencial del maestro,
un secreto, un ardid que sólo los iniciados tenían el derecho de conocer.
Sea como
fuere, esa corta reflexión de mi maestro de entonces me persiguió toda la vida
(la he defendido, terminé por combatirla pero nunca he dudado de su
importancia); sin ella, este texto, con toda seguridad, no habría sido escrito.
Pero más que
a esta reflexión en sí quiero a la imagen de un hombre que, poco tiempo antes
de su viaje atroz, reflexionó, en voz alta, ante un niño, sobre el problema de
la composición de la obra de arte.
Los testamentos traicionados - Milan Kundera

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