“Ah, qué fácil es desobedecer a un muerto. Si pese a
ello, a veces, nos sometemos a su voluntad, no es por temor, por obligación, es
porque le queremos y nos negamos a creer que está muerto. Si un viejo campesino en su agonía, le ha
rogado a su hijo que no tire abajo el viejo peral que hay delante de la
ventana, el peral no será abatido mientras el hijo recuerde con amor a su
padre.
Poco tiene que ver esto con una fe religiosa en la vida
eterna del alma. Simplemente un muerto a
quien quiero jamás será muerto para mí.
No puedo siquiera decir: le he
querido; no, le quiero. Y si me niego a
hablar de mi amor por él en el pasado, eso quiere decir que el que está muerto
“está”. Ahí es donde tal vez se
encuentre la dimensión religiosa del hombre.
En efecto, la obediencia a la última voluntad es misteriosa: supera toda reflexión práctica y racional: el viejo campesino nunca sabrá, en su tumba,
si el peral ha sido o no abatido; sin embargo, para el hijo que le quiere
resulta imposible no obedecerle.
Hace mucho tiempo, me emocionó (y me sigue emocionando)
la conclusión de la novela de Faulkner, Las palmeras salvajes. La mujer muere tras un aborto fallido, el
hombre es preso, condenado a diez años; le llevan a su celda un comprimido
blanco, veneno; pero aleja enseguida la idea del suicidio, ya que la única
manera de prolongar la vida de la mujer amada es conservarla en su recuerdo.
“…cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de
ser; y si yo dejara de ser, todo el recuerdo dejaría de ser. Sí” pensó él,
“entre la pena y la nada elijo la pena”
Los testamentos traicionados – Milan Kundera

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