"Dios
está en su palacio de cristal. Quiero decir que llueve, Platero. Llueve.
Y las
últimas flores que el otoño dejó obstinadamente prendidas a sus ramas exangües,
se cargan de diamantes.
En cada
diamante, un cielo, un palacio de cristal, un Dios.
Mira esta
rosa; tiene dentro otra rosa de agua, y al sacudirla ¿ves?,
se le cae la
nueva flor brillante, como su alma, y se queda mustia y triste, igual que la
mía.
El agua debe
ser tan alegre como el sol. Mira, si no, cuál corren felices, los niños, bajo
ella, recios y colorados, al aire las piernas.
Ve cómo los
gorriones se entran todos, en bullanguero bando súbito, en la yedra, en la
escuela, Platero, como dice Darbón, tu médico.
Llueve. Hoy
no vamos al campo. Es día de contemplaciones.
Mira cómo
corre las canales del tejado. Mira cómo se limpian las acacias, negras ya y un
poco doradas todavía;
cómo torna a
navegar por la cuneta el barquito de los niños, parado ayer entre la yerba.
Mira ahora, el sol instantáneo y débil,
cuán bello
el arco iris que sale de la iglesia y muere, en una vaga irisación, a nuestro
lado.
Platero y yo
– Juan Ramón Jiménez

No hay comentarios:
Publicar un comentario