viernes, 3 de noviembre de 2017

¿en qué se basa la amistad?

“La señora Lehntman necesitaba de Ana tanto como Ana de ella, pero la señora Lehntman estaba más dispuesta a arriesgar la pérdida de Ana, y así el poder de control de la buena Ana fue debilitándose.
En la amistad, el poder siempre llega a una curva descendente.  El poder que uno tiene para dirigir va creciendo hasta que llega el momento en que uno ya no gana, y aún cuando no haya perdido en realidad, desde el momento en que la victoria no es segura, el poder de uno deja de ser fuerte.  Sólo en  una relación tan íntima como el matrimonio puede esa influencia ascender  y volverse cada vez más fuerte con el paso de los años, sin declinar nunca. Sólo sucede así cuando no hay manera de escapar.
La amistad se basa en el favor. Siempre hay peligro de una ruptura o de que un poder mayor  se interponga. La influencia solo sigue una continua marcha ascendente cuando ninguno de los dos puede zafarse.
Ana quería mucho a la señora Lehntman, y la señora Lehntman necesitaba de Ana, pero siempre había otros recursos, y si Ana había cedido una vez, podía volver a ceder, así que ¿por qué habría de ceder la señora Lehntman? “

Tres vidas  - Gertrude Stein

Ediciones Troquel, 1966


lunes, 9 de octubre de 2017

la vida al aire libre

"De un extremo a otro de aquella calle, la antigua calle Mayor de Saumur se oyen de puerta en puerta estas palabras:
"¡Vaya un tiempo hermoso!" y todo el mundo dice a su vecino:
"¡Llueven luises"!, dando a entender con ello lo que un rayo de sol o una lluvia oportuna  valen.
Los sábados por la tarde, durante la buena estación, os será imposible adquirir cinco céntimos de mercancía en las tiendas de estos honrados industriales.  Cada uno de ellos tiene su viña, su hacienda y se van a pasar dos días en el campo.  Allí, como todo está previsto, la compra, venta y ganancia, los comerciantes pueden emplear diez horas, de las doce que disponen, en alegres partidas, en observaciones, comentarios y continuos espionajes.  Una mujer no puede comprar una perdiz sin que los vecinos le pregunten al marido al día siguiente si estaba bien guisada.  Una muchacha no puede asomarse a la ventana sin ser vista por todos los grupos de desocupados.
Allí, pues, las conciencias están expuestas a la luz del día, de la misma manera que sus casas impenetrables, negras y silenciosas, carecen de misterio.  La vida se hace casi siempre al aire libre:  cada familia se sienta a la puerta de su casa y allí come y disputa.  No pasa nadie por la calle que no sea estudiado.  Ahí, cuando, hace mucho tiempo, un extranjero llegaba a una ciudad de provincias, se burlaban de él de puerta en puerta.
De aquí provienen los buenos cuentos y el sobrenombre de "ocurrentes" que se daba a los habitantes de Angers, que se distinguían en estas bromas pueblerinas.  Los palacios antiguos de la parte vieja de la ciudad están situados en la parte alta de aquella calle, habitada antiguamente por los gentiles hombres del país.  La casa, llena de melancolía, donde tuvieron lugar los acontecimientos de esta historia, era precisamente una de esas viviendas, venerable resto de un siglo en el que los hombres y las cosas tenían ese carácter sencillo que las costumbres francesas van perdiendo día a día."


Eugenia Grandet - Honoré de Balzac

Editorial EDAF S.A. 1993, pág 12


martes, 1 de agosto de 2017

el amor no es ciego

“En esto, las voces argentinas de dos niños (Esteban Aradievitch reconoció al punto las de Gricha, el menor de sus hijos, y Tania, la primogénita) se dejaron oír al otro lado de la puerta. Iban arrastrando algo y lo acababan de volcar.
¡ Ya te decía yo que en el techo de los vagones no se pueden poner los pasajeros ¡ -gritó la niña - ¡Ahora los tienes que recoger!  Se acercó a la puerta y los llamó. Ellos soltaron la caja que hacía las veces de tren y entraron a ver a su padre.
La niña, que era la preferida de Esteban, irrumpió en la habitación, echó los brazos, riendo, al cuello paternal y allí quedó colgada feliz al percibir el tan conocido perfume de aquella barba. Por fin, y después de haberle besado en la cara, un tanto enrojecida debido a la forzada postura del cuerpo, pero radiante de cariño, la niña abrió los bracitos con que le tenía aprisionado e intentó marcharse. Pero Esteban la detuvo.
-¿Qué hace tu madre? – le preguntó, a la vez que acariciaba su tierno cuellecito. Y al ver a su hijo, que acababa de entrar para saludarle, como su hermana, le sonrió - ¡ Hola Gricha ¡ Buenos días.
Esteban reconocía que quería menos al niño, pero procuraba mostrarse igualmente amable con los dos. Sin embargo, Gricha se daba cuenta de todo y no respondió con otra sonrisa a la fría y forzada de su padre. “
Ana Karenina – León Tolstoi
Editorial Andrés Bello 1996 Pág.11